martes, 4 de diciembre de 2012

13 horas.

A las dos del mediodía comenzaba el viaje. Había tenido que modificar el plan, pues el horario de tren que me habían dicho, no existía."hemos cambiado los horarios el quince del mes pasado y no deben de haberlos actualizado" me dijo una voz al otro lado del teléfono. Mientras hacía la garrapata, nombre con que Paco, hospitalero de Castrojeriz, llamaba a la mochila, "discutía" a ratos con el dueño del albergue. Decisión final, cojo el bus, espero en la gasolinera, cojo el otro bus y les doy una sorpresa en casa.






Con el macuto hecho, me dirigi a la estación de autobus a comprar el billete, prepararme para el viaje y, de paso, olvidarme la cantimplora.

A las dos en punto salía el autobús. Conforme avanzaba el autobús, tenía la sensación de que las ruedas iban encogiendo el camino. ¿Ya estamos aquí? Pensaba, en veinte minutos se me habían acumulado los recuerdos de dos días. Quizá las ruedas no encogían el camino, tal vez mis pies, habían estirado las distancias a cada paso.

Los pensamientos, se interrumpían unos a otros. Como si la velocidad del movimiento, estuviese relacionada con la de la salida de ideas, de esta forma al andar, salieran despacio, casi necesitando un empujón; al ir en bus, salieran deprisa varias juntas interrumpiendo unas a otras.

"Llamaré a la puerta y preguntaré si saben si hay algún albergue abierto. Le subo un trozo de chocolate, o le llamo por teléfono antes de lo normal y le digo que le llevo algo de desayuno pero que no puedo entrar porque me dejé las llaves en casa." Entonces, interrumpía la duda de si había pasado por ese camino andando, con la luna de fondo en la ventanilla de los asientos del otro lado." ¡Mierda! que no paré aquí. Necesito cargar el móvil para que mi madre no se preocupe, ¿En que pueblo me tocaba parar? Da igual, si le digo que no me acuerdo del nombre del pueblo se lo creerá, no es la primera vez. Me he escapado de la nieve por lo pelos, no sé si me alegro o no. Frío no he pasado mientras andaba y andar con todo nevado, debe de ser como andar con el cambio de color de la montaña."

Al subir corriendo en la segunda parada, me encontré una pequeña sorpresa.

- Hombre, ¿Has llegado?
-A Santiago, sí, pero me falta Finisterra, Muxia y hacer la vuelta.
- Pero eso es otra cosa. La Compostela la tienes, cuando llegas a Finisterra te dan otra y en Muxia otra.
- Sí, pero no. Esto es un paréntesis, porque el cinco es el cumple de mi hijo y ayer llegué arrastrando otra vez el pie. ¿Tú ya has terminado?
- Sí, hasta el año que viene. Me ha salido un trabajo para unos meses y ahora casi no hay peregrinos. Estoy más cansado.
- Bueno, me voy a mi asiento.

Compartimos las siguientes paradas, donde cenamos y nos tomamos unas birras, después cada uno a su asiento a descansar, que trece horas de autobús cansan y más cuando sabes que después toca aguantar tres horas más, andar veinte minutos y media hora más de autobús. De todas formas, estaba convencida que el esfuerzo merecía la pena por ver la cara de sorpresa de mi familia, que me hacían en Galicia.

Por el camino recordaba todos los sitios pendientes, Mataveneros, Villar de Mazarife, Murias de Rechivaldo, Castrojeriz, Logroño...

Al principio del trayecto, lloré, sin saber muy bien por qué. Un llanto raro, sin pena ni dolor, como el llanto que me ha acompañado durante casi todo el camino. Parecía hecho para limpiar el lagrimal.

Puede que encontrará menos silencio del que quería al principio, pero estoy convencida que no fue menos del que necesitaba al final.

Ahora, con las fotos, intentaré reconstruir el viaje. Un viaje que dicen que te cambia, pero creo que eso es una leyenda.


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