Ahora entendía porque, cuando llego a casa de su amigo, tenía la sensación de que no debía estar allí. El cansancio no le estaba jugando una mala jugada, confundiendo realidad con alucinación. Estaba todo claro, pero no sabía mirar.
Su mejor amigo, le había mandado un correo invitándole a cenar. Hacía casi un mes, que no cogía teléfono, ni acudió las tres veces que habían quedado a tomar café, siempre mandaba después algún mensaje disculpándose. La puerta abierta, la mesa preparada para uno, el fuego encendido, el silencio.
Ahora, ya es tarde. No puede correr
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